¿Quién hace un barrio? Notas para recorrer la villa 31 con sus pibes y pibas
Foto: Mauro Alfieri
Estos muros, estas puertas
No son de mentiras, son el alma nuestra
El antropólogo argentino Hugo Ratier, hace más de 50 años, escribía estas líneas sobre las villas de la ciudad y de la Argentina:
Aunque la clase media no lo sepa, la villa miseria ya está imbricada para siempre en su vida diaria. Llega hasta las casas de departamentos desde su propio nacimiento en el albañil boliviano que las levanta, en la mujer que cumple tareas de servicio doméstico por horas. Esta en los brazos fornidos de los portuarios, en el cuchillo de los matarifes del frigorífico, en las fábricas, en la mujer que vende ajos y limones en la feria. La villa construye y mantiene a la ciudad que generó y la margina.
Villeros y villas miseria, Hugo Ratier, 2022[1972]
Desde que la ciudad es ciudad siempre contuvo en su paisaje urbano, escondidas entre sus calles y edificios, “formas pobres de hacer ciudad”, como les llama la socióloga María Florencia Rodriguez. Los antiguos barrios de lata y conventillos, villas y asentamientos, hoteles y pensiones, casas tomadas, formas que tiene la clase trabajadora de hacerse un huequito para vivir en la ciudad que ella misma hace crecer y moldea, pero siguiendo instrucciones ajenas. La existencia de villas en la ciudad no es una falla en la matrix, sino el lado B de un capitalismo neoliberal depredador que se sostiene en esas desigualdades de metros cuadrados y condiciones de vida para seguir acumulando.
Sobre las villas porteñas siempre hay muchas ideas, muchas propuestas, todo el mundo parece tener una opinión respecto de qué hay que hacer con ellas, lo que significan, o qué tipo de gente vive en estos barrios. Especialmente sobre la villa 31, que es una piedra en el zapato del poder financiero de la ciudad, por su ubicación en una zona (Retiro) que en los últimos años se está intentando “poner en valor”, como le dicen. Desde que empezó el año, hubo una lluvia -o tormenta- permanente de discursos de influencer-wannabes, funcionarixs y exfuncionarixs, notas en diarios y enunciados en redes sociales que planteaban diversas cosas sobre el barrio. Circula de todo: desde ideas sobre relocalizar a todxs sus habitantes en algún otro lado (allá por el sur, pasando la autopista 25 de mayo, esa zona que para el GCBA ya no forma de porteñolandia) para liberar esos terrenos al mercado inmobiliario hasta lisa y llanamente videos de bombas cayendo sobre las casas de ladrillo y escaleras caracol que ocupan ese espacio entre las vías del tren y el Rio de la Plata.
Se dice mucho sobre la villa 31, desde múltiples perspectivas. Por eso, me interesa acá detenerme sobre una mirada particular, que –creo– pocas veces aparece como punto de vista sobre el barrio. Me refiero a la mirada de lxs pibxs que pasan sus días en esos pasillos estrechos, esquivando motos y autos para jugar en la calle, jugando campeonatos de futbol en las canchas, tomando tereré algún banquito al sol, habitando los locales de las muchas organizaciones sociales que florecen en el barrio, haciendo la fila para el comedor, yendo al bachi popular. Es una perspectiva que yo creo necesaria porque, como voy a enfatizar más adelante, es la mirada de lxs que hacen al barrio. Y entre tanto reel que propone deshacer la villa, creo que es importante escribir sobre las prácticas de ese piberío que todos los días la construye.
Para capturar esa mirada, la antropología y particularmente, la etnografía, ofrece un abordaje de la vida social que nos permite sumergirnos en el día a día de esxs pibxs. Intentar entender, cómo dijo Malinowski, su visión del mundo. Pero más aún, aquello que lxs une a la vida. En este sentido, lo que la magia etnográfica nos permite capturar es lo que los sujetos, en este caso, lxs niñxs y adolescentes que viven en este barrio, hacen con el mundo que les toca vivir. Y lo que lxs pibxs que viven en la 31 hacen con su barrio es crearlo permanentemente, y con él, y muy a pesar de algunas miradas desde el poder, crean ciudad. Porque, como venimos diciendo, las villas forman parte de la ciudad, incluso desde antes de que se iniciaran todos los procesos de integración socio-urbana durante el gobierno de Horacio Rodriguez Larreta en algunos barrios. Y si las villas forman parte de la ciudad, y lxs pibxs hacen villa, entonces, en definitiva, lxs pibxs hacen ciudad.
Si decimos que lxs niñxs y adolescentes que viven en la villa 31 la producen no es porque la construyan materialmente –aunque en algunos casos sea así, pero en eso no nos vamos a detener– si no porque, con sus prácticas, crean barrio. No son sujetos pasivos que sólo ocupan lugar –ni ellxs ni lxs adultxs que viven con ellxs allí–, como muñequitos que uno pone sobre una maqueta que otro hizo antes, sino que al habitar el espacio lo transforman, lo apropian y así, lo fundan una y otra vez. Es una relación, una co-producción entre lxs pibxs y el barrio.
Las calles de la 31, a diferencia de las calles de la ciudad formal no son solo un espacio de tránsito, dominado por autos y motos, porque lxs niñxs las usan para una mancha que nace espontáneamente, o para un peloteo que cada tanto se pausa porque tiene que pasar un auto pero que se reanuda segundos después. Para muchxs lxs pibxs que viven en la 31, el centro, como le llaman a casi cualquier otra parte de la ciudad que esté por fuera de las fronteras –sociales y materiales– de la villa, es un espacio hostil y poco amigable para atravesar. Pero adentro del barrio la historia es diferente: van y vienen, desde pequeñxs, y en ese ir y venir se encuentran con amigxs, familiares, o referentes adultxs de las organizaciones comunitarias. El espacio público del barrio es un espacio común, que se construye a partir de encontrarse con otrxs. En ese encuentro muchxs pibxs logran generar estrategias para resolver problemas cotidianos de sus vidas -que no son pocos- desde pedir ayuda con trámites en alguna dependencia del Estado hasta dudas respecto de cómo armar un CV para aplicar a un primer trabajo. Y lo fantástico del asunto es que muchas veces esas respuestas las encuentran en otrxs pibxs, en una forma de la ayuda mutua y de la socialización de formas de hacer y existir.
El barrio también es afecto. A lxs pibxs les gusta vivir donde viven y sienten un cariño muy profundo hacia la villa. Quizás por lo que venimos diciendo, porque es un espacio de encuentro, de resolución de los quilombos cotidianos, de algunos respiros de autonomía en una ciudad que los violenta y sospecha de ellxs permanentemente. Quizás porque se sienten herederxs de una historia, que es la historia de sus familias en el barrio. Esa topofilia emerge de muchas maneras, pero ante todo, emerge como un involucramiento y una preocupación por el presente y el futuro de la villa. Lxs pibxs, a partir de ese apego, se proyectan hacia adelante, prefiguran y contemplan formas diferentes que podría adoptar la 31 y qué cosas se podrían resolver para vivir mejor allí. Fantasean, imaginan. Hacer una marcha para pedir que arreglen las canchas, ir a Plaza de Mayo para que solucionen el quilombo de la basura. Pero nunca fantasean con que deje de existir, y se ríen a carcajadas, como si supieran algo que el resto no y por eso les resultara absolutamente inverosímil, cuando les aparecen en Tik Tok propuestas de mudarlxs a otros lados o de juntar a todxs lxs habitantes de la 31 en torres para dejar suelo libre para el capital inmobiliario.
Yo sospecho que ese secreto que conspiran entre miradas pero sin decirlo en voz alta, es el que el barrio es de ellxs. Pero no porque tengan con él una relación de propiedad, o al menos no de esa forma de propiedad que en realidad establece quiénes no pueden usar una cosa –como las miles de casas vacías en la ciudad, que son de alguien que no las usa, y que entonces son de alguien para que otrxs no las usen–. Es más bien una relación de apropiación, de esa que aparece cuando las personas saben que han fundado ellas mismas un espacio y sobre todo, cuando ese espacio las ha fundado a ellas.
A lxs piensan que la villa es sólo un deshecho de la ciudad no les interesa que haya quiénes han puesto mucho si para transformarla en un hogar. De hecho, todo lo contrario: cada vez más se condensa una mirada absolutamente monolítica que estigmatiza de forma racista y clasista a lxs habitantes de estos barrios. Aún más, permanentemente se les despoja de toda agencia, al proponer relocalizaciones hipotéticas que en ninguna instancia contemplan si ellxs quieren dejar de vivir allí. El pensamiento detrás es simple: como son pobres, mejor que agradezcan el caballo regalado, aunque no tenga dientes y esté cojo. Si durante el gobierno de Rodriguez Larreta la participación de lxs pibxs en los debates sobre cómo querían que fuera su barrio era cercana a nula, ahora con Jorge Macri habría que inventar un nuevo universo de números negativos para describir el proceso1.
No es mi intención romantizar la vida en una villa, ni proponer que ahí se está gestando un comunismo utópico popular. Pero creo que en tiempos en los que se profundiza la violencia estatal en los barrios y se hacen shows a lo Policías en Acción, a expensas de sus habitantes, es necesario recuperar esas otras miradas sobre las cosas. Cuando circulan narrativas –oficiales– sobre las villas que las presentan como una zona liberada o un territorio vedado, se torna imperante buscar otras palabras que sean disruptivas de esos sentidos y que creen otros. Porque para lxs pibes que viven en la villa, ese lugar no es una villa solamente, es una casa y un hogar.
- A los avances autoritarios de los que hemos sigo testigos en los últimos meses en la villa 31 y su recrudecimiento las últimas semanas, para lxs pibxs se le suma el combo explosivo de la baja de la edad punibilidad de 16 años a 14 y un recorte en las políticas destinadas a niñxs (según UNICEF). El ensañamiento con lxs pibxs pobres viene, entonces, por todos los frentes. ↩︎
Sobre la autora
Hebe Montenegro es Doctora en Antropología por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Investiga sobre la participación de niñxs y adolescentes en procesos urbanos y en contextos de desigualdad habitacional. Forma parte de Niñez Plural, un equipo de investigación que aborda la pluralidad de las formas de ser niñx en diferentes latitudes.
Lecturas sugeridas
OpenEdition le sugiere que cite este post de la siguiente manera:
Hebe Montenegro (18 de junio de 2026). ¿Quién hace un barrio? Notas para recorrer la villa 31 con sus pibes y pibas. . Recuperado 15 de septiembre de 2026 de https://diarios.hypotheses.org/1727

