Una ojeada al trabajo de campo en la década del ochenta
Ana Rosato y Jorge Gancedo en el contrafrente de una construcción perteneciente a la Municipalidad de Victoria (Entre Ríos) que el equipo usaba como base de operaciones para sus trabajos de campo. Pos. enero de 1987. Sin datos de autor.
Semanas atrás, al enterarme de la muerte de Jorge Gancedo, viejo compañero de trabajo y amigo, pasé un rato revisando viejas fotografías y me encontré con la que encabeza estas líneas. Si bien la recordaba, nunca había notado que, en su sencillez, deja entrever las condiciones en que hacíamos trabajo de campo en la época. Esta entrada es un intento de hacer de esa fotografía un documento, mediante el simple recurso de poner por escrito la información necesaria para que esa ojeada sea accesible a quienes no formaron parte de nuestro equipo. Creo que este ejercicio vale la pena, no porque nuestro trabajo en sí mismo merezca especialmente ser documentado, sino porque, hasta donde yo sé, las condiciones en que trabajábamos no difieren demasiado de las de otros antropólogos y equipos del Instituto de Ciencias Antropológicas (ICA) por aquellos tiempos.
A pesar de lo que acabo de decir, hay un punto en que nuestro trabajo sí era diferente, y se trata de la escala y composición de nuestro equipo, que fue formado en 1986 por Ana Rosato y Sofía Tiscornia como investigadoras y Mauricio Boivin como director. Eran los tiempos de la implantación de la antropología social en nuestra Facultad, con su ingreso de hecho a las materias en 1984 y al nuevo plan de estudios de nuestra Licenciatura en 1985 (cuando se la estableció como orientación), lo cual fue complementado por el establecimiento de la Sección Antropología Social en el ICA. Siguiendo una idea de Ana (que se inspiró en comentarios del colega Esteban Krotz acerca del lugar de las prácticas de investigación en la formación de los estudiantes de grado de antropología en México, hechos durante el II Congreso Argentino de Antropología Social, que se desarrolló en 1986 en nuestra Facultad), y con la dirección de Hugo Ratier, se presentó un pedido de subsidio a la Secretaría de Ciencia y Técnica de la UBA para desarrollar un “Programa de Formación de Jóvenes Investigadores.” La idea era conformar dos equipos con estudiantes de distintos tramos de la carrera, los que desarrollarían una investigación sobre cooperativas de pescadores comerciales artesanales en el Paraná entrerriano (bajo la dirección de Mauricio) y otra sobre fábricas con villa obrera en la zona de Olavarría, Buenos Aires (con la dirección de Hugo y la participación de Federico Neiburg como investigador). Se realizaron más de cien entrevistas y fuimos seleccionados diez estudiantes para el equipo de Entre Ríos y cuatro para el de Olavarría. El que sería nuestro equipo incorporó a Cecilia Ayerdi, Claudia Guebel, Jorge, Gisela Fornassero, yo mismo (quienes trabajamos en los Departamentos de Victoria y Diamante, en el área del Delta del Paraná, junto con Ana y Mauricio), Gabriela Scotto, Carlos Kuz, Axel Lázzari, Laura Fruniz (que trabajaron río arriba, en las ciudades de La Paz, Paraná y Santa Elena junto con Sofía), y Laura Vugman (que no llegó a hacer trabajo de campo antes de dejar el equipo).
Que yo sepa, no hubo en la época ningún otro equipo de antropología social que fuera tan numeroso y que incluyera a tantos estudiantes de la mitad y el tramo final de la carrera como el nuestro. Pero, hecha esta salvedad, importa reafirmar que las condiciones de trabajo con que debían lidiar todos los equipos eran similares: y este es el tema de esta entrada. Pasemos, entonces, a explorar la imagen.
Tomada seguramente en 1987 (aunque podría ser a comienzos del año siguiente), la foto nos muestra a Ana y Jorge en la parte trasera de la casita en que nos alojábamos, en la ciudad de Victoria, Entre Ríos, que por entonces tenía unos 20.000 habitantes y era el mayor centro de pesca comercial de agua dulce del país. La casa se encontraba a unos doscientos metros del puerto, que era el escenario central de nuestro trabajo, en medio de un parque público que no tenía ninguna otra edificación y estaba justo frente al riacho Victoria. La casa quedaba más cerca de la calle más alejada de la costa, hacia la cual daba su entrada principal. Tenía lo que podríamos describir generosamente como dos ambientes que formaban una L, sin puerta divisoria, más un baño minúsculo que contenía apenas una pileta y un inodoro, y tenía solamente agua fría. Había dos puertas (la mencionada y la que se ve en la foto) en los extremos opuestos del ambiente principal y sólo una ventana en el ambiente más pequeño, orientada hacia el frente. Además de que su ubicación era tan conveniente para nosotros, siendo pequeña, la casita bastaba para que todos los integrantes del equipo que participábamos de una campaña (los que trabajábamos en la ciudad éramos siete, pero creo que nunca hubo más de cinco haciendo campo al mismo tiempo) pudiéramos alojarnos y disponer de un lugar de trabajo.
Por lo demás, esa humilde construcción tenía la ventaja de que no nos costaba un peso, porque nos era prestada por la Intendencia de la ciudad, a la que pertenecía desde el cierre –mucho tiempo atrás– del ramal ferroviario que alguna vez llegara a la ciudad: en efecto, en un descampado ubicado junto al parque hacia el lado del puerto se encontraba la estación abandonada, y nuestra casita había sabido ser la residencia del jefe de estación. (Cabe anotar que algunos pescadores de la cooperativa local se divirtieron a nuestra costa contándonos que uno de los jefes de estación se había suicidado colgándose del árbol que estaba junto a la única ventana de la casita. No voy a revelar qué integrante del equipo pasó una mala noche después de escuchar ese relato). Al llegar a la ciudad, pasábamos por la Intendencia y, en condiciones normales, conseguíamos que nos dieran las llaves de nuestro refugio y base de operaciones. La excepción fue la campaña de septiembre de 1987, cuando llegamos el día en que se cerraban las campañas para las elecciones (legislativas nacionales y provinciales, de intendente y concejales): en esa ocasión, la Intendencia estaba desierta, y, luego de cierta espera, nuestro director optó por abrir la puerta de una patada, tarea que encomendó a Axel; a mí me tocó, más tarde, reparar el marco y la puerta, que habían quedado un poco dañados. (Dicho sea de paso, uno de nuestros papelones más simpáticos se produjo al ir a la Intendencia a buscar las llaves: en cierta ocasión, entró Mauricio con un compañero o compañera que no recuerdo, y les salió al encuentro un tipo de aspecto sencillo a quien le pidieron algunos implementos de limpieza asumiendo que era un empleado del área de maestranza, sólo para escuchar un segundo después que se trataba del Intendente a cargo por la salida del titular, de la que no teníamos noticia).
En la foto encontramos también dos sillas diferentes (una de madera, en la que se sienta Ana, y otra de metal, plegable, posiblemente ocupada poco antes por quienquiera que haya hecho la toma) y dos banquitos de metal con asientos acolchados, uno de los cuales es usado por Ana a modo de mesita o, mejor dicho, de tabla para apoyar su libreta de campo. Todos habían llegado a la ciudad junto con nosotros, lo mismo que el resto de los asientos de que disponíamos, una mesa, nuestras bolsas de dormir, utensilios de cocina y de mesa, una garrafa, etc. Ocurría que la casita no tenía más muebles que un mostrador de madera (o acaso dos: se me escapa el detalle) que databa del tiempo en que allí había funcionado un bar (los largueros de madera del techo lucían aún los ganchos dispuestos para colgar los jarros de cerveza). Además de todo lo mencionado, llevábamos también nuestras máquinas de escribir (recuerden los jóvenes que esto fue en esa era remota llamada ‘los ochenta’) y las resmas con que intentábamos adelantar el trabajo en nuestros registros, hechos siempre con dos copias al carbónico. La mesa nos servía por igual para comer, trabajar y jugar a las cartas. A falta de camas, dormíamos directamente sobre el suelo, sin más que nuestras bolsas de dormir (aunque creo recordar alguna que otra colchoneta), agregando en invierno una buena cantidad de papel de diario para aislarnos del frio. Para bañarnos, conectábamos una manguera en la canilla de agua fría del lavatorio y nos lavábamos sosteniéndola en alto y tratando de que el agua no llegara a salir del baño. La presencia de la manguera en la foto me impide ahorrarme este recuerdo poco feliz que, al menos, puedo equilibrar con otro gracioso. Tan fría era el agua que, en alguna tarde, Claudia, Jorge y yo decidimos que necesitábamos una ducha caliente. Nos allegamos, entonces, al mejor hotel de la ciudad, ubicado a metros de la plaza principal, y pedimos una habitación por dos horas, lo que incomodó visiblemente a la persona que atendía la recepción (no recuerdo bien si era una mujer o un varón, pero sí su reacción), hasta que nos dimos cuenta de que teníamos que explicarle que no íbamos a entrar todos a la vez.
Lo que la fotografía no muestra, pero inevitablemente evoca –como recuerdo para los que estuvimos allí, y como pregunta, asumo, para la mayoría de los lectores de estas líneas– es el medio de transporte que usábamos para llevar todo ese equipamiento hasta Victoria. Se trataba de una camioneta utilitaria de la Facultad, en la que algunos de nosotros llegamos al campo en diversas ocasiones y que nos permitía llevar no sólo el equipaje sino incluso unos cuantos muebles. Anecdóticamente, cuando la asonada militar de la Semana Santa de 1987 nos sorprendió en pleno trabajo de campo (ciertamente, esa semana merece una entrada en sí misma), ocurrió que la camioneta volcó en la ruta cuando iba a buscar a los que todavía estábamos en Victoria, hecho que tuvo dos consecuencias memorables: la primera, que, en el clima tenso del momento (se vislumbraba un golpe de Estado y el horror de la dictadura era muy reciente), ya de noche, un Prefecto uniformado golpeó a nuestra puerta, dando un susto de muerte a Cecilia y Claudia cuando abrieron la puerta (felizmente, sólo venía a informarnos que el conductor de la camioneta había avisado que no vendría); la segunda, que Claudia y yo quedamos varados en la ciudad durante ese inquietante fin de semana (Cecilia tenía pasaje en micro para la misma noche del accidente de la camioneta), hasta que fuimos rescatados por mis padres, con mi mamá manejando de ida y vuelta, y bordeando por kilómetros la inmóvil columna del infausto general Alais. (En esa ocasión, nuestros muebles quedaron guardados en la casa de un expresidente de la cooperativa de pescadores).
La fotografía también deja vislumbrar, en el vano de la puerta, una tela mosquitera que pusimos nosotros mismos en ocasión de nuestro primer trabajo de campo grupal, en enero de 1987. Ese verano se registró la mayor mosquitada que se recuerde en la zona: en los atardeceres que pasábamos en el puerto, era posible ver sobre un recodo del riacho, a unos cientos de metros, una mancha negra que subía y bajaba, justo un par de minutos antes de ser asaltados por hordas de mosquitos absolutamente impiadosos; por lo demás, Victoria hervía en rumores sobre las causas de la mosquitada (el más notable, creo, era el que acusaba a la Intendencia de fumigar con agua aromatizada para no afectar a las colmenas de la abadía benedictina situada fuera de la ciudad). Lo cierto es que no había forma de tolerar a los mosquitos, de modo que compramos la tela mosquitera (no puedo asegurarlo, pero probablemente fue en la muy tradicional Tienda Plaza Moreno, que todavía existe) y, entre todos, la colocamos en las escasas aberturas de la casa. El gasto, visto como justificado (Mauricio solía decir que “el proyecto paga traslados, estadía y alimentos, y no vicios”), fue a cuenta de alguno de los subsidios.
La foto nos regala un último detalle significativo. Dije antes que Ana usaba uno de los banquitos para apoyar su libreta de campo, pero hay que tomar esta expresión en un sentido más bien figurado. Se trataba, en realidad, de un fajo de retazos de papel color celeste, unidos con un broche de los más grandes. La cuestión es que, aunque teníamos el subsidio de la UBA para la formación de jóvenes investigadores y otro del CONICET (si la imagen es de 1987, como creo, se trataba de uno de los llamados “PIA”, Proyectos de Investigación Anual), las cifras eran modestas a tal punto que no podíamos gastar en libretas. Felizmente, alguien –Jorge, si no me confundo– tenía un amigo que trabajaba en algún rubro en el que usaban papel, quien le regalaba los sobrantes, que tendrían unos 7 x 20 cm (más o menos: no tengo uno a mano para medirlo), unidos con broches de los más grandes (estimo que de 23/10 o 23/13). Los había de color celeste, verde y rosado, según me parece recordar. En ellos hacíamos los punteos de nuestras observaciones, conversaciones casuales y entrevistas, tomábamos notas durante las reuniones de trabajo, y anotábamos las ideas que se nos iban ocurriendo en relación con la marcha de nuestro trabajo de campo (no se hablaba, por entonces, de ‘reflexividad’, sea esto lo que sea). No habrán faltado, tampoco, las listas para las compras.
El hecho es que hacíamos trabajo de campo con lo que tenía cada quien (los banquitos eran de la casa de Ana; la silla metálica había sido de los padres de Mauricio; las máquinas de escribir, de cada uno de nosotros), lo que nos prestaban (la casita era de la Intendencia), lo que nos regalaban (las ‘libretas’ hechas de retazos de papel) y todo lo que podíamos desviar de su curso ‘natural’ (sospecho que creamos unos cuantos episodios de difícil interpretación para quien quisiera trazar las ‘biografías culturales’ de algunas cosas). Esta fotografía, simple y no particularmente llamativa, retiene pistas sobre aquel hacer nuestro y, si no ando muy errado, ilumina por extensión los de muchos otros colegas de la época.
En lo personal, la foto me trae recuerdos felices y no poca nostalgia (por eso es que escribo con un tono leve y recupero algunos episodios graciosos), entreveradas con alguna tristeza, relacionada con las partidas de Ana y Jorge. Estas líneas son, también, una evocación y un módico homenaje para estos amigos que siguen tan vivos en mi memoria.
Sobre el autor
Fernando Alberto Balbi es docente –y, actualmente, director– del Departamento de Ciencias Antropológicas, e Investigador Independiente del CONICET con lugar de trabajo en el Instituto de Ciencias Antropológicas de esta Facultad.
OpenEdition le sugiere que cite este post de la siguiente manera:
Fernando Alberto Balbi (28 de mayo de 2026). Una ojeada al trabajo de campo en la década del ochenta. . Recuperado 15 de septiembre de 2026 de https://diarios.hypotheses.org/1584


Muchas gracias, Fernando. Una hermosa evocación y también una restitución de los caminos con que fuimos haciendo nuestra antropología social argentina.
Gracias a vos Rosana. Un abrazo.